Hace un par de días estuve hablando con un familiar mío que hacía mucho tiempo que no veía. Le comentaba lo que tantas veces hemos hablado: mi descontento con la calidad de la enseñanza de nuestra carrera. Entonces él, de repente, me dijo: qué raro Natalia, dices que estas pasando por allí “sin pena ni gloria” y yo en cambio te veo muy cambiada, incluso lo noto en tu forma de vestir…
Me despertó una inmensa alegría y empecé a contarle las diversas experiencias que había tenido durante estos casi dos años de licenciatura. Apenas podía creérselo, decía que nunca me hubiera imaginado trabajando en esos contextos, con esas personas… y yo mientras, le replicaba que las ideas preconcebidas que me comentaba, nada tenían que ver con la realidad.
Regresé muy contenta a mi casa porque por primera vez fui capaz de diferenciar entre proceso y contenido.
Durante este tiempo me he convertido en una persona distinta, ya no califico, porque no soy capaz de hacerlo conmigo misma. Y es cierto, posiblemente esté verde de contenidos, pero el verde es el color de la esperanza…
Muchos de nosotros comenzamos a estudiar psicopedagogía porque queríamos encontrar soluciones a los problemas que encontrábamos en nuestras vidas profesionales, e incluso personales, y ese fue nuestro error. Queríamos un remedio.
Sin embargo, no vemos ese remedio, esa única solución que nos ayudaría a responder a todas las cuestiones, nos sentimos incompetentes. Y nos somos conscientes de todo lo que hemos adquirido. Teníamos un objetivo antes de comenzar, ese fue el error.
Dicen que el que nada tiene, nada puede perder. ¡Qué maravilla, todo serían ganancias! Incluso las cosas más pequeñas.